A 47 años de la muerte puta

Muerte puta, muerte cruel,
muerte al pedo, muerte implacable,
muerte inexorable, misteriosa muerte.

Muerte súbita, muerte accidental,
muerte en cumplimiento del deber.

Oliverio Girondo.

Un 24 de Enero de 1967 se nos iba para siempre un vanguardista, un contemporáneo de Borges, un poeta que buscaba –y encontró- romper las lógicas y tradiciones de la literatura. Esta es mi humilde forma de recordarlo, contando un poco sobre el tipo.

Por @DamianMereles

Don Oliverio Girondo nació en Argentina el 17 de Agosto de 1891 en una familia porteña con una situación económica acomodada.Fue uno de los más destacados poetas del país. Vivió sus primeros años en el centro de la Ciudad de Buenos Aires y de pequeño viajó a Europa donde realizó sus estudios secundarios (Londres y Francia). En éste último conoció a Jules Supervielle, un mitad uruguayo, mitad francés de quien se hizo amigo.

Escribió en Proa, Prisma y Martín Fierro, tres revistas de corte vanguardistas que tenían un estilo ultraísta, es decir, la forma poética criolla y paródica que entre sus características se destaca la eliminación de la rima y el uso preponderante de las metáforas. Años más tarde tradujo, junto al pintor surrealista Enrique Molina, “Una temporada en el infierno” de Rimbaud.
Entre sus obras se destacan “Veinte poemas para ser leídos en el tranvía” (1922) , “Calcomanías” (1925) , “Espantapájaros” (1932) , “Persuasión de los días” (1942), “Campo nuestro” (1946) y “En la masmédula” (1954).

Era un poeta que disfrutaba más de escribir que de publicar sus textos y no buscaba gestos de reconocimiento ni admiración, amaba romper con lo tradicional, apuntar a la mirada crítica ante un sentido común viciado por la cultura impuesta del poder. Romper con las estructuras era, para él, signo de libertad. Quebrar las lógicas era la única y verdadera forma posible de aventurarse. Fue un rebelde, un indomable, un irrespetuoso incluso del lenguaje, en “La Masmédula” queda demostrado por la invención de palabras nuevas y el sublevamiento contra las estructuras.

Cuando le sopló la minita a Borges.

La historia cuenta que en 1926, el mismo año en que Ricardo Güirnales terminó de escribir Don Segundo Sombra, éste organiza una fiesta a la que concurrieron  poetas de la época. Norah Lange, una poetisa vanguardista de ascendencia noruega e irlandesa, vino a la fiesta de la mano de Borges y se fue de la mano de Girondo. Williamson lo describe así: “Norah había llegado a la fiesta con Borges pero se fue con Girondo, y ese simple hecho traería una desdicha singular a la vida de Borges. Perder a Norah con otro hombre ya habría sido un desastre considerable, pero perderla con Girondo justamente era una humillación desesperante” Borges era un joven feliz y estaba enamorado de la señorita Lange. Sus poemas, en ese entonces, se encontraban más cerca de la prosa de Carlos Argentino Daneri. Cuando la felicidad que le traería la musa pelirroja y la realización de sus sueños de poeta nacional fueron aniquilados por la aparición de Oliverio Girondo, Borges pensó en el suicidio de manera persistente. Dramático, hasta llegó a comprar un arma y alquilar una habitación en un hotel para hacer “La Gran Lugones”. Pero no la hizo. Desdichado, la obsesión con Norah Lange fue in crescendo y signando gran parte de su obra. Bioy Casares anotó sorprendido que su amigo estaba obsesionado por igual por “La Divina Comedia” y Norah Lange. En el comienzo del Aleph, la mañana en que muere Beatriz Viterbo está fechada en febrero de 1929, el mismo mes y año en que Norah lo rechazó. Borges sufría pero estaba escribiendo como los dioses. Convertía su dolor en aventura. Así que en ese candente instante en que una de las chicas Lange dijo “este sí, este no”, nosotros tuvimos al Borges que nos rompió la cabeza.

En 1961 sufre un accidente que lo disminuye físicamente y termina muriendo en 1967, en su casa, una calurosa tarde de Enero.

Oliverio Girondo por Pablo Neruda

Girondo por Ricardo Ajler

Pero debajo de la alfombra
y más allá del pavimento
entre dos inmóviles olas
un hombre ha sido separado
y debo bajar y mirar
hasta saber de quién se trata.
Que no lo toque nadie aún:
es una lámina, una línea:
una flor guardada en un libro:
una osamenta transparente.

El Oliverio intacto entonces
se reconstituye en mis ojos
con la certeza del cristal,
pero cuanto adelante o calle,
cuanto recoja del silencio,
lo que me cunda en la memoria,
lo que me regale la muerte,
sólo será un pobre vestigio,
una silueta de papel.

Porque el que canto y rememoro
brillaba de vida insurrecta
y compartí su fogonazo,
su ir y venir y revolver,
la burla y la sabiduría,
y codo a codo amanecimos
rompiendo los vidrios del cielo,
subiendo las escalinatas
de palacios desmoronados,
tomando trenes que no existen,
reverberando de salud
en el alba de los lecheros.

Yo era el navegante silvestre
(y se me notaba en la ropa
la oscuridad del archipiélago)
cuando pasó y sobrepasó
las multitudes Oliverio,
sobresaliendo en las aduanas,
solícito en las travesías
(con el plastrón desordenado
en la otoñal investidura),
o cerveceando en la humareda
o espectro de Valparaíso.

En mi telaraña infantil
sucede Oliverio Girondo.

Yo era un mueble de las montañas.

Él, un caballero evidente.
Barbín, barbián, hermano claro,
hermano oscuro, hermano frío,
relampagueando en el ayer
preparabas la luz intrépida,
la invención de los alhelíes,
las sílabas fabulosas
de tu elegante laberinto
y así tu locura de santo
es ornato de la exigencia,
como si hubieras dibujado
con una tijera celeste
en la ventana tu retrato
para que lo vean después
con exactitud las gaviotas.

Yo, soy el cronista abrumado
por lo que puede suceder
y lo que debo predecir
(sin contar lo que me pasó,
ni lo que a mí me pasaron),
y en este canto pasa¡ero
a Oliverio Girondo canto,
a su insolencia: matutina.

Se trata del inolvidable.

De su indeleble puntería:
cuando borró la catedral
y con su risa de corcel
clausuró el turismo de Europa,
reveló el pánico del queso
frente a la francesa golosa
y dirigió al Guadalquivir
el disparo que merecía—

Oh primordial desenfadado!
Hacia tanta falta aquí
tu iconoclasta desenfreno!

Reinaba aún Sully Prud’homme
con su redingote de lilas
y su bonhomía espantosa.
Hacía falta un argentino
que con las escuelas del tango
rompiera todos los espejos
incluyendo aquel abanico
que fue trizado por un búcaro.

Porque yo, pariente futuro
de la itálica piedra clara
o de Quevedo permante
o del nacional Aragón,
yo no quiero que espere nadie
la moneda falsa de Europa,
nosotros los pobres américos,
los dilatados en el viento,
los de metales más profundos,
los millonarios de guitarras,
no debemos poner el plato,
no mendiguemos la existencia.

Me gusta Oliverio por eso:
no se fue a vivir a otra parte
y murió junto a su caballo.
Me gustó la razón intrínseca
de su delirio necesario
y el matambre de la amistad
que no termina todavía:
amigo, vamos a encontrarnos
tal vez debajo de la alfombra
o sobre las letras del río
o en el termómetro obelisco
(o en la dirección delicada
del susurro y de la zozobra)
o en las raíces reunidas
bajo la luna de Figari.

Oh energúmeno de la miel,
patriota del espantapájaros,
celebraré, celebré, celebro
lo que cada día serás
y lo Oliverio que serías
compartiendo tu alma conmigo
si la muerte hubiera olvidado
subir una noche, y por qué?
buscando un número, y por qué?
por qué por la calle Suipacha?

De todos los muertos que amé
eres el único viviente.

No me dedico a las cenizas,
te sigo nombrando y creyendo
en tu razón extravagante!
cerca de aquí, lejos de aquí,
entre una esquina y una ola
adentro de un día redondo,
en un planeta desangrado
o en el origen de una lágrima.

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